Gente irresponsable

Desde la época del colegio que no soporto a la gente irresponsable. Más bien, no soporto tener que trabajar con gente irresponsable. Tengo una relación de cordialidad e incluso de afecto con personas que sé que no destacan por su constancia, puntualidad o hasta por su credibilidad, pero con las cuales no tengo fricciones pues la vida afortunadamente nos ha deparado relacionarnos en planos lúdicos en lugar de los reservados a la colaboración en un proyecto. No obstante, cuando me atrae una persona normalmente lo hace porque sus intereses destacan de los intereses vulgares y entonces es frecuente que en algún momento explore si es que tenemos una base común sobre la cual hacer (crear) algo. De los “sí” fáciles germinan las decepciones. ¿Por qué me disgusta la poca seriedad en los compromisos? Creo que la respuesta depende de la falta. Un ejemplo común: Si alguien no llega a la hora lo podría tomar a la risa, pronunciar el clisé “estamos en Chile” y esperar media hora más a que quizás esa persona llegue. No obstante, en ese rato esa persona me está privando de hacer con mi tiempo algo distinto; algo que quizás ahora desearía más hacer que honrar el compromiso de estar en este lugar a esta hora. Esperar a una persona que no llega es permitir el secuestro de ese tiempo en base a la noción de que damos igual valor a lo que nos disponíamos a hacer. Descubrir de golpe que para la otra persona no es así, que para ella en realidad no tiene tanta importancia llegar tarde o de plano no llegar, y que por tanto no tiene tanta importancia el proyecto a que nos íbamos a dedicar en ese tiempo, lo siento equivalente a haber mentido al momento de ofrecer su tiempo.

Por otro lado, si alguien se retira de un proyecto en el que nos habíamos comprometido a colaborar, la falta la veo mucho mayor y el veto que se gana es casi irrevocable. Obviamente doy espacio a excepciones en casos donde definitivamente no hay nada que hacer más que abandonar (implanificables tragedias personales por ejemplo), pero no acepto para nada el trillado argumento de haberse dado cuenta a mitad de camino de que ese tiempo va a ser necesario dedicarlo a algo “más importante”. En ese punto esa persona pierde toda confiabilidad para mí, pues su decisión de abandonar me lleva a una de dos conclusiones: o no sabe administrar su tiempo en función de sus circunstancias personales, lo cual puede perfectamente volver a pasar una vez que sus problemas de ahora estén solucionados; o bien anda por la vida categorizando los compromisos. En esto último no creo, pues no concibo que haya compromisos más importantes que otros; pensar así es como pensar en ser padre a veces. Yo creo que hay compromisos o no-compromisos. Si no puedo comprometerme a algo, creo que es tan fácil como no soltar las palabras con que digo que haré algo y ya está. Pero decir que haré algo y luego dejarlo de lado porque ahora creo que tengo otro compromiso “más importante” es rodear de una aureola de duda cualquier futura cosa que diga, pues bajo ese paradigma siempre puede haber algo más importante que hacer. Así como, verbigracia, el grupo de astronomía amateur se deja de lado por los estudios, los estudios se pueden dejar de lado el trabajo, el trabajo se puede dejar de lado por un trabajo mejor, ese trabajo mejor por una posibilidad de participar en un proyecto que era el sueño de toda la vida, ese proyecto que era el sueño de toda la vida por haber hablado la deidad X y haber dicho que lo abandonara, etc. Sobre esto tengo juicios muy duros. Una vez que me comprometo a algo, sea con un amigo, con el grupo de ballet, con la academia de debate, con la gente de mi oficina, con mi jefa, con el Presidente de la República, con el Secretario General de la ONU, con la deidad X o por último conmigo a solas, tengo mi palabra empeñada ahí y falto a ella sólo en la medida en que pierdo respeto por mí mismo.

Aunque aún me molesta constatarlas, le debo a la experiencia ya no desesperarme por estas cosas. Teniendo claro donde trazo la línea de lo que acepto y lo que no acepto, no me obsesiono, como sí parece que me obsesionaba antes, por tratar de cubrir las omisiones de las demás personas. Cuando en el colegio nos encargaban un trabajo grupal y nadie quería colaborar, me encogía de hombros, lo hacía yo solo y se acababa el tema. Creo que ésta era una mala costumbre que me ha llevado años quitarme de encima. Por mucho tiempo, en los grupos en que he estado a menudo me he preocupado de hacer no sólo mi parte sino las partes de todas las personas que no hacen la suya. Hoy ya he renunciado a eso, pues creo que uno debe intentar facilitar la vida a las demás personas, pero no vivir por ellas. Si alguien no quiere hacer más que cosas triviales, dedicando el menor esfuerzo posible a ello, es una elección válida y de ese modo comienza a perfilar sus memorias. No es mi elección, por supuesto, por lo que siempre trato de tentar(la, lo, nos) hacia desafíos mayores. Si sintonizamos, excelente. Si no, ya no asumo solitariamente ese desafío mayor y lo hago pasar a nombre de tod@s sino que cumplo mi parte, como un ejercicio de fortaleza de mi palabra, y entonces, como dicen l@s gring@s, I move on.

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