Escepticismo

Durante el primer semestre de este año se constituyó la Asociación Escéptica de Chile (www.aech.cl), en la cual estoy participando como un “colaborador”. Ser escéptico no significa, como mucha gente lo malentiende, “no creer en nada”, pues eso de la sensación de que ser escéptico es simplemente un acto de testarudez, del tipo “cerrar mis oídos, y cuando la otra persona me diga algo, responder que no le creo o que no estoy de acuerdo”. Por el contrario, un escéptico es probablemente quien más atención pone a lo que escucha, y quien más dispuesto está a cambiar su punto de vista. El catch de esto es que ese cambio viene de la mano de ciertas condiciones:

  • Queremos pruebas de lo que se nos dice. Pruebas sólidas, basadas en la aplicación de las técnicas más confiables desarrolladas por los seres humanos (las pruebas científicas, los tests estadísticos, etc.) y no pseudopruebas tales como rumores, las impresiones personales, las enseñanzas religiosas, el relato de un pariente, el sentido común, etc.
  • Queremos que nuestro interlocutor tenga una actitud igualmente abierta al dialogar. Si una persona no puede probar algo, o bien se le hace evidente que no existen pruebas de aquello que afirma, debiera estar dispuesta a transigir en su afirmación ¿no?

¿A qué se aplica el escepticismo? A todo. ¿Y no es algo trivial esto del escepticismo? Después de todo se trata simplemente de pensar, y ya sabemos que cualquiera puede pensar. Ciertamente cualquiera puede pensar, pero pensar correctamente es una de las cosas más difíciles del mundo. Esto es un poco como hablar castellano. Todos en Chile lo hablamos, pero yo creo que tenemos claro que hay personas con un excelente vocabulario y gramática, mientras en el otro extremo hay otras que apenas pueden expresarse claramente. Con pensar ocurre algo parecido. Todos tenemos cerebro, pero usarlo para razonar claramente no es algo que viene con los años sino que demanda entrenamiento. Un entrenamiento, dicho sea de paso, que demasiadas veces ni los mejores colegios o universidades se preocupan de dar, y que las mismas personas que nos declaramos escépticas debemos retomar una y otra vez, pues es tremendamente fácil caer en falacias, sesgos, ilusiones mentales y otras trampas de razonamiento que tienen aspecto de verdades.

Escribamos aquí una advertencia, para el futuro. No se trata de decirle a la gente qué creer y qué no creer. Lo que hay que combatir es el acto mismo de creer, que tanto nos dociliza y nos hace dependientes del profeta al que decidamos seguir. Ésa es una tentación a la que debemos escapar. No debemos constituirnos en gurúes para reemplazar a los que han querido antes que nosotros investirse como tales. Debemos empoderar a la gente. Debemos introducir las herramientas para que cada persona sea capaz de pensar por sí misma, evaluar la evidencia y llegar a una conclusión. Ésta  es quizás la más importante misión de quienes adherimos al escepticismo.

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