Murió Serrano

Rodrigo Mundaca debe ser algo así como la peor persona del mundo para comunicar malas noticias. Su email, que me dice en el subject todo lo que me interesa saber, me deja un largo rato mirando la línea sin terminar de absorber su significado. “Murió Serrano”. Pienso que siempre he detestado esos esnobismos totalitarios de no especificar nombres completos, como el de la gente de izquierda que habla de “Miguel” con el aire de que sólo ha habido, hay y habrá un único Miguel (Enríquez en su caso) que debiera importarle a todo el universo conocido y por conocer; o el de los melómanos que por decir “la Quinta” asumen que todo el mundo entiende que hablan de sinfonías y que se trata de las de Beethoven. Aún así no me detengo a preguntarme qué Serrano será éste. Mundaca no me hubiera escrito para aventarme la muerte de Marcela Serrano y menos todavía me habría preguntado, ya pinchando en el email y viendo su contenido, si pensaba escribir algo al respecto de haberse tratado de ella. El muerto sólo puede ser Miguel Serrano, el viejo loco, el nazi, el escritor, el hitlerista esotérico, el amigo del Dalai Lama, el sobrino de Vicente Huidobro, el diplomático, el correspondiente de Herman Hesse y Carl Jung, el peregrino.

Huidobro y otros horizontes

Hubo un tiempo en que coleccionaba los libros de Vicente Huidobro. Gozando de bastante paciencia es posible hallarlos en Concepción; gozando de bastante dinero es posible comprarlos en las librerías de calle San Diego, en Santiago. Hoy descubro con una rara mezcla de nostalgia y entusiasmo que no tengo ninguno. La sensación es similar a la envidia que me llena cuando conozco a gente que no ha probado aún algunos sabores que yo sí, que no ha leído a ciert@s autor@s que me son familiares. ¡Cómo volver a leer a Huidobro por primera vez! Aún recuerdo la fuerte emoción de leer en “Sino y signo” el verso Un destino de ola que debe hacer su ruido y morir dulcemente, o de hallarme por primera vez a boca de jarro con el poema “Fuerzas naturales”. RuPaul dice eso de “Life’s a banquet, and most poor suckers are starving to death”. Estoy completamente de acuerdo. Me desespera encontrar tanta gente que por cuestiones de idioma (por no saber inglés, por ejemplo) o por la ilusión de no tener tiempo hay tantísima cosa que dejan para más adelante. “Más adelante” que termina transformándose en alguna vida futura, ya que durante el año no hay tiempo porque se está estudiando o trabajando, los fines de semana son para carretear y en el verano es la salida de vacaciones con la familia o sólo se quiere descansar. Cuando llega el retiro, entonces “ya estoy muy viej@” y esa antigua certeza de que “más adelante” voy a aprender inglés, “más adelante” voy a aprender un instrumento, “más adelante” voy a escribir un libro, se vuelve una especie de fantasma que se sienta a ver tele con un@. ¿Por qué no empezar a trabajar por esas cosas desde jóvenes, quizás en el camino ya logrando algunas, de modo que la vejez nos encuentre expert@s en el arte de soñar y hacer sólidos nuestros sueños?

Gente irresponsable

Desde la época del colegio que no soporto a la gente irresponsable. Más bien, no soporto tener que trabajar con gente irresponsable. Tengo una relación de cordialidad e incluso de afecto con personas que sé que no destacan por su constancia, puntualidad o hasta por su credibilidad, pero con las cuales no tengo fricciones pues la vida afortunadamente nos ha deparado relacionarnos en planos lúdicos en lugar de los reservados a la colaboración en un proyecto. No obstante, cuando me atrae una persona normalmente lo hace porque sus intereses destacan de los intereses vulgares y entonces es frecuente que en algún momento explore si es que tenemos una base común sobre la cual hacer (crear) algo. De los “sí” fáciles germinan las decepciones. ¿Por qué me disgusta la poca seriedad en los compromisos? Creo que la respuesta depende de la falta. Un ejemplo común: Si alguien no llega a la hora lo podría tomar a la risa, pronunciar el clisé “estamos en Chile” y esperar media hora más a que quizás esa persona llegue. No obstante, en ese rato esa persona me está privando de hacer con mi tiempo algo distinto; algo que quizás ahora desearía más hacer que honrar el compromiso de estar en este lugar a esta hora. Esperar a una persona que no llega es permitir el secuestro de ese tiempo en base a la noción de que damos igual valor a lo que nos disponíamos a hacer. Descubrir de golpe que para la otra persona no es así, que para ella en realidad no tiene tanta importancia llegar tarde o de plano no llegar, y que por tanto no tiene tanta importancia el proyecto a que nos íbamos a dedicar en ese tiempo, lo siento equivalente a haber mentido al momento de ofrecer su tiempo.

El problema del nombre

Al empezar este blog la duda de qué nombre ponerle dominó alrededor del 90% del tiempo que me llevó instalarlo. Aún no estoy seguro que retenga el nombre actual (‘Marcapasos’) pero de momento queda bien. Es una de esas palabras que se descompone fácil, haciendo eco en los significados de varias otras palabras. Otros nombres que barajé fueron:

  • El marcapasos de la memoria
  • Cartapacio de Zahir
  • Ex astra scientia
  • La borra(chera) del café
  • La resistencia