Nuestra pequeña dictadura de cada día

No basta con lucir la camiseta del bando que moralmente está en lo correcto; además, hay que actuar diferente de quienes integran el otro bando. En incontables ocasiones me ha decepcionado encontrar que quienes participan de un movimiento social están ahí en realidad por escapar de alguna obligación (típicamente clases, en mi época de estudiante), por pinchar, por adicción a la adrenalina… pero sólo hacia el final de la lista de prioridades por lo que el movimiento defiende. Pase, qué se le va a hacer. Quejarse por ello es como querer montar una obra de teatro afirmando que no hay modo de que salga bien sin excelentes actores. En realidad un director o directora con talento sabe sacar lo mejor de cada integrante de la compañía y hace la mejor obra posible con la gente que tiene. Las caóticas mezclas de personas que insuflan vida a los movimientos sociales pasan, pero sirven para poner de relieve a los buenos directores y directoras que permanecen. Es de est@s últim@s, entonces, que espero una encarnación consistente de valores. En ocasiones la veo; la mayoría de las veces no. ¿Cuántas personas hay que luchan contra quienes apuntalan cierta hegemonía, pero pronto queda claro que lo hacen intentando ser parte de ella o tratando de materializar una hegemonía distinta? Me pregunto a qué sabrá la palabra libertad en sus bocas. Cuando se mira la lucha por la igualdad de género, por la sustentabilidad ecológica, por la diversidad cultural, por la recuperación de los espacios comunes, por mermar el poder corporativo, en fin, tantas que aún tiene pendiente nuestro mundo, es frustrante ver que no hay suma de fuerzas, que el grupo ecologista está lleno de machistas, que el grupo feminista no da un carajo por el ambiente, que el que lucha contra las corporaciones no pierde el sueño por la matanza de animales en un rodeo. Y un triste etcétera.

El pueblo unido tomará Coca Cola

El 8 de febrero de 2006 fui al primer día del Festival de Antofagasta. Es un espectáculo bien producido y con una buena selección de artistas. Para mayor mérito, es gratis, a pesar de su costo. Como referencia, en un diario local mencionaban que el presupuesto era de 150 millones de pesos, pero que el alcalde estaba solicitando 50 millones más de fondos municipales. Todavía más me impresionó que no hubiera una superabundancia de publicidad de empresas como suele ocurrir en estas actividades gratuitas. Estaba presente Dell en las proyecciones por computador, de manera que quedaba clarísimo a quién culpar cada vez que algo fallaba en las pantallas (oh, vamos, siendo justo, los errores fueron pocos, aunque tuvieron lugar en momentos cruciales, como cuando quisieron proyectar un video del alcalde presentando el evento), y la ubicua Coca Cola aportando banderas (de Coca Cola) y una lata inflable gigante (de Coca Cola). Supongo (espero) que además habrá puesto dinero. Es la presencia de este segundo auspiciador lo que me hizo chirridos mentales en una parte del espectáculo, pero luego vamos a eso. La noche partió con la presentación del grupo Sol y Lluvia, del cual, es necesario decirlo, no había escuchado nada hasta ese día; de hecho no me sonaba ni siquiera vagamente alguna de sus canciones, aunque varias me gustaron y algunas eran muy pegajosas (Chile no se rinde, caramba, etc.). Sin embargo cuando su actuación transitó por esa niñería de los ’80, ‘el que no salta es Pinochet’ sentí que el show hacía clunk en el fondo de un tarro vacío. O.K., vale, es una presentación para gente nostálgica. El problema es que la nostalgia por protestar contra Pinochet alimenta la ilusión de que no hay nada contra lo que protestar hoy. Aunque encuentro pueriles las protestas del tipo de ‘el que no salta es X’, pienso que poniendo en X nombres como Bush o Blair, o a l@s gerent@s de varias transnacionales, o en un plano más local a l@s gerent@s de algunas compañías mineras (o, para qué hacerse los lesos, a l@s gerent@s de Dell y Coca Cola), hubiera sido bastante más pertinente y nos hubiera mandado a la casa con un mensaje de ‘aún se necesita gente luchando’.

El problema del nombre

Al empezar este blog la duda de qué nombre ponerle dominó alrededor del 90% del tiempo que me llevó instalarlo. Aún no estoy seguro que retenga el nombre actual (‘Marcapasos’) pero de momento queda bien. Es una de esas palabras que se descompone fácil, haciendo eco en los significados de varias otras palabras. Otros nombres que barajé fueron:

  • El marcapasos de la memoria
  • Cartapacio de Zahir
  • Ex astra scientia
  • La borra(chera) del café
  • La resistencia