Murió Serrano

Rodrigo Mundaca debe ser algo así como la peor persona del mundo para comunicar malas noticias. Su email, que me dice en el subject todo lo que me interesa saber, me deja un largo rato mirando la línea sin terminar de absorber su significado. “Murió Serrano”. Pienso que siempre he detestado esos esnobismos totalitarios de no especificar nombres completos, como el de la gente de izquierda que habla de “Miguel” con el aire de que sólo ha habido, hay y habrá un único Miguel (Enríquez en su caso) que debiera importarle a todo el universo conocido y por conocer; o el de los melómanos que por decir “la Quinta” asumen que todo el mundo entiende que hablan de sinfonías y que se trata de las de Beethoven. Aún así no me detengo a preguntarme qué Serrano será éste. Mundaca no me hubiera escrito para aventarme la muerte de Marcela Serrano y menos todavía me habría preguntado, ya pinchando en el email y viendo su contenido, si pensaba escribir algo al respecto de haberse tratado de ella. El muerto sólo puede ser Miguel Serrano, el viejo loco, el nazi, el escritor, el hitlerista esotérico, el amigo del Dalai Lama, el sobrino de Vicente Huidobro, el diplomático, el correspondiente de Herman Hesse y Carl Jung, el peregrino.

Bradbury urdió en “El vino del estío” una de sus más bellas metáforas: los viejos son máquinas del tiempo. Creo entender la sensación, pues cierro los ojos y puedo volver a 1997 a un departamento cerca del Cerro Santa Lucía, en Santiago. Serrano está dentro y yo estoy abajo tocando el citófono. Llevo una grabadora, una libreta de apuntes y un lápiz en lo que me parece constituye un buen disfraz de periodista. He leído que varias décadas atrás Serrano llegó a la Antártica, cerrada entonces para el público general, haciéndose pasar por periodista en misión oficial, siendo que en verdad perseguía un fugitivo rayo de luna. Quiero ver como justicia poética que ahora yo esté haciendo lo mismo para un fin similar. En su caso él buscaba acercarse al lugar en que creía que se hallaban las entradas al centro de la Tierra; en mi caso yo quiero alcanzar un eslabón vivo de una cadena que me conecte con Herman Hesse, a quien he leído (“Demian”, “El lobo estepario”) con la sensación de quien despierta de un largo sueño.

Como me ha pasado ya varias veces en que me he cruzado con algunos hombres y mujeres notables, no me llevo grandes sorpresas durante el encuentro, pues me he documentado tanto con miras a ese día que hasta las ideas más extrañas de mi interlocutor me son más bien familiares. Sé que Serrano cree que el holocausto judío no tuvo lugar sino que fue una especie de conspiración de quienes ganaron la Segunda Guerra Mundial para manchar los valores e ideales del nacional-socialismo; sé que cree que los OVNIs eran un arma secreta nazi; sé que cree que Hitler no murió sino que halló refugio en la Antártica, desde donde espera recuperar el poder algún día; sé que cree que el centro de la Tierra está habitado por una raza superior; sé que ha practicado la alquimia, seguramente (pienso) en la forma sexual y psicológica en que ésta es entendida hoy por los cultos esotéricos; sé que cree que hay puntos de poder en el mundo, especialmente en algunas montañas, y notablemente algunos en picos de la Cordillera de los Andes más o menos cercanos a Concepción; sé que cree en los chacras como centros de energía del cuerpo y que ve el saludo nazi como una forma de proyectar esa energía. No sé, sin embargo, que no aprecia saludar de beso a las mujeres y cometo entonces mi primer error nada más al entrar a su departamento al intentar saludar con un beso en la mejilla a una de sus colaboradoras que se hallaba presente. El sonríe, nunca se enoja, pero ella se pone tiesa y me mira gravemente.

Durante la tarde, pues me concede una entrevista larguísima, de más de tres horas, siento que él descubre mi juego pero no le importa y de todos modos prosigue la pantomima de que es un entrevistado (para una revista de la Universidad de Concepción, le digo) y yo un periodista quizás algo novato, que no sabe cómo encauzar el diálogo en una dirección determinada. A pesar de que llevo una lista de preguntas, muy pocas veces llego a plantearlas pues me distrae con recuerdos en que lo dejo desbocarse libremente. Me explica pedagógicamente muchas de sus ideas más curiosas, esforzándose para que yo las entienda bien, y creo que de a poco va ganando confianza. Su asistente, la del beso fallido, me mira con más recelo. Cuando recién entré al living de su departamento vi unas cortinas cerradas sobre unas vitrinas (¿en una casa particular? ¿para qué?). En un momento Serrano pide a la mujer que abra las cortinas. Ella duda. Serrano insiste con un ademán imperioso. Se ve solemne con su casaca negra, en la mano un anillo en que está grabada una runa y de fondo, completando el cuadro, la altura de los Andes ofrecida por una rara tarde santiaguina sin smog. Me quedo fascinado por la cordillera, que no había visto hasta ese día, pero ella ya está corriendo las cortinas. El misterio se resuelve. Las vitrinas encierran una especie de pequeño museo, colección de reliquias del nazismo algunas y de origen más oscuro otras. Unas rejas que veo dentro de la colección me hacen click, las he visto antes, pero ¿dónde?

Serrano me aconseja leer algunos de sus libros, especialmente una trilogía que en esos momentos está completando pero que no sabe si tendrá fuerzas para llevar hasta su final, y en la cual cuenta sus memorias. Me explica esto usando términos alquímicos que sobre la marcha intenta aclarar. Pregunta a la misma asistente si queda un ejemplar de… (no escucho qué título dice). Ella niega. Pregunta entonces por otro. Misma respuesta. Internamente ya la odio, pues sospecho que sus negativas no son fieles a la verdad y sí a lo que parece ser su muda antipatía conmigo. Él se disculpa innecesariamente y de pronto le asegura que deben quedar un par de ejemplares de un libro pequeño, un epistolario de cartas a los diarios, y otro que reúne algunas de sus novelas.  Ella va a buscar a una pieza interior y vuelve con los libros pedidos. Serrano me dice que no es lo que hubiera querido darme pero que en ese momento no tenía nada más a mano. Lo noto extrañamente desconsolado y le pregunto si puede autografiarme el libro de novelas. Me mira un momento y escribe una frase que me deja pensando hasta hoy en su alcance.

Atardece. No hemos comido nada y la asistente de Serrano tiene el primer gesto simpático de la jornada. Trae unos dulces hechos en casa, una especie de confites de leche condensada que para mí son suficiente armisticio. Pienso que mi “entrevistado” ha de estar cansado y que quizás estoy, como dicen los gringos, “overstaying my welcome” por lo que le propongo parar. Él está de acuerdo, lo noto fatigado. No sólo ha estrujado su memoria conmigo, sino que ha cantado y se ha reído recordando su tiempo en India, a pesar de que me ha dicho que había estado enfermo hacía poco. Él mira la hora y me pregunta si estoy seguro de que tendré bus para irme a Concepción, pues es tarde. Le digo que sí, más por aparentar mundo que por estar seguro de mi afirmación. Él insiste en la duda y me ofrece alojamiento por esa noche si lo necesito. Dieciocho horas más tarde, llegando con la espalda molida en el único bus pirata que logré encontrar para volver a Concepción, lamentaré innumerables veces mi ligera negativa a esa última invitación.Luego lo lamentaré doblemente al pensar que en esa casa de costumbres curiosas quizás me perdí de asomarme al misticismo con que sus habitantes podrían envolver la noche o el alba.

Aunque durante la tarde han ido llegando algunas otras personas a su departamento, Serrano deja siempre en claro que está hablando conmigo. Intento despedirme de la asistente, esta vez a sabiendas con un beso sólo para sacarla de quicio. Creo que a Serrano la maniobra le divierte. Cuando me voy me acompaña al ascensor en solitario, se cuadra y hace sonriendo el saludo nazi. Pienso que en su visión del mundo me está bañando en energía. Yo le tiendo la mano. Nos despedimos.

Meses más tarde aún no sé que pensar. He leído varios más de sus escritos y creo que en su compleja mezcla de esoterismo y política es difícil que se sienta culpable de sus, a veces, duras afirmaciones, pues no condona los crímenes nazis sino que cree que éstos no ocurrieron. No me apasiona el nazismo pero sí el atreverse a defenderlo con serena cultura en una sociedad que lo resiste como un cuerpo humano combate a un germen. Aún me faltan años para enterarme de la existencia del revisionismo histórico y conocer casos como el de David Irving, en que más que de revisionismo se habla de “holocaust denial” como un delito tipificado en varios países de Europa. En Chile Serrano podía opinar libremente y sólo enfrentarse a la burla y al desprecio. En Europa lo hubieran encarcelado hacía rato y eso me deja una sensación rara. Percibo que la libertad aletea en el pluralismo extremo que encarna Serrano. No adhiero a sus ideas pero me fascina que las tenga. Encuentro esclavizante creer, y me desespera esa manera de ver la vida en que Serrano clama y ofrece una creencia tan escandalosamente fantástica que pide a todo el resto de la Humanidad deponer sus armas críticas. Por darle una chance pierdo varias tardes tratando de comprobar algunos de sus “hechos históricos” sobre el nazismo y fallo, aún en aquellos casos en que él da citas de algunos diarios con aparente rigor profesional. ¿Lo sabe o se trata de una elaborada tomadura de pelo para todo el resto de nosotros? ¿Se engaña él mismo al punto de creer que vive en el mundo que le gustaría a pesar de que éste se rehúsa a ser como él lo cuenta? Recuerdo que me ha hablado de algunos judíos a quienes visitaba, y que son sus amigos. ¿Cómo puede ser esto después de que los ha señalado como parte de una siniestra conspiración? Finalmente me rindo ante la suma de contradicciones y emerge en mí un sentimiento de profunda admiración no por su pensamiento sino por el coraje con que lo defiende. Me veo algo reflejado en esa figura quijotesca que acumula el valor hessiano de ser el mal ladrón, de llevar en su frente una marca de Caín hasta la muerte sin tratar de borrársela, sin pedir disculpas por ser como es y volviéndose entonces alguien de quien saber qué esperar.

Una noche, por enésima vez dándole vueltas a mi encuentro con Serrano, estoy hojeando “El Círculo Hermético”, en que relata sus contactos con Hesse y Jung. De pronto las veo, en una foto tomada en Montagnola: las rejas que tenía en su departamento eran las que antaño, cortando el aire de los Alpes, rodeaban la casa de Hesse.

Serrano está muerto. Para mí es un fantasma carismático, eternamente encantando una tarde de 1997. Ese fantasma esperaba, llegado este día, encaminarse a una nueva existencia o bien trascender el ciclo de sus reencarnaciones. Para esta clase de muertos la muerte no es más que otro trabajo que se viene encima. Otros descansan en paz; Serrano no.

2 thoughts on “Murió Serrano”

  1. bellas palabras, viejo. bellas palabras.

    las paranoias urdidas por serrano son maravillosas. ojalá la gente pudiera dejar sus prejuicios de lado y sumergirse en ellas.

    saludos, buen hombre.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *